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Hasta donde alcanzan los hallazgos arqueológicos,
sólo pueden ofrecerse suposiciones sobre la cuestión
de cómo y cuándo surgió el queso. Sin
embargo, es prácticamente seguro que ya se comiera
queso en la
época prehistórica. La elaboración de
este alimento tan apreciado para nosotros, y del que existe
una variedad casi infinita, se basa en tres “invenciones”
fundamentales, descubiertas hace varios miles de años
y cuya validez pervive todavía.
La primera de ellas es la obtención de la leche. Desde
hace más de diez mil años es utilizada por el
hombre como complemento de su alimentación, desde que
tuvo la “idea” no solamente de cazar los animales,
sino también domesticarlos, aprovechar para ordeñarlos
y beber su leche, y sacrificarlos cuando fuera su carne necesaria.
Aún más antiguo es el conocimiento del hombre
sobre las características particulares de la leche.
Así pues, probablemente, incluían la leche en
las ofrendas que hacían a sus divinidades, observando
que, tras cierto tiempo, ésta se cuajaba, y que entonces
abundaban profusamente las bacterias del ácido láctico.
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Tampoco debió pasarles desapercibida
la influencia. de las temperaturas en este proceso; en el
calor de las cuevas, junto al fuego y también en las
estaciones calurosas, la leche cuajaba más rápido
que en las frías. Por así decirlo, fue un primer
conocimiento técnico de quesería que rápidamente
condujo a otro; cuando la leche cuajaba se solidificaba, se
vertía el líquido y la cuajada se hacía
más consistente.
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Más adelante se ha acelerado
este proceso llenando de leche cuajada una cesta de mimbre
u otro recipiente provisto de gujeros y dejando correr el
suero. De este modo se produce una pasta blanca y consistente:
el primer queso de leche agria (requesón) que aún
hoy se fabrica siguiendo exactamente el mismo principio.
El tercer “descubrimiento” en materia de quesos
es el cuajo, enzima digestiva que se extrae del estómago
de un corderillo. Quizas un cazador prehistórico encontró
una masa blancuzca en el estómago de una
presa joven que había mamado antes de ser abatida;
esto era tan sólo leche cuajada por la enzima digestiva.
Así pues, gracias a esta observación casual,
se debió “descubrir” el efecto coagulante
que tenían los jugos estomacales y que seguramente
poco después el hombre aprendería a utilizar
para su provecho. Hasta la fecha ha seguido empleándose
como el coagulante óptimo, y el hombre aún no
ha descubierto ninguno mejor.
Aún cuando toda la historia del queso se basa en suposiciones,
los primeros testimonios gráficos datan del siglo tercero
antes de nuestra era. La más antigua ilustración
de la obtención y tratamiento de la leche es el friso
de EI-Obeid en el templo de la gran diosa de la vida, Ninchursag,
en Mesopotamia. Los primeros testimonios literarios se encuentran
ya en la época grecorromana. |
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En la Ilíada de Homero se halla una
alusión a que “la leche cuaja rápido en
fermento de higuera” (de lo que se deduce también
que ya entonces se aprovechaba la acción coagulante
de algunas plantas, como la savia de la higuera, el galio
o cuajaleche y algunas especies de cardos). En su comedia
satírica “El Cíclope” Eurípides
hace que la leche cuaje en jugo extraído de higuera.
En su cueva, Polifemo, el gigante de un solo ojo de la Odisea,
llenada cestillas de mimbre de leche fermentada. En otro momento
de la Odisea, la sublime Afrodita regalaba con queso y dulce
miel a Ulises y sus compañeros. |
En Atenas, 400 años a. de. C., el autor
satírico griego Aristófanes hace decir a un
hijo rebelándose contra su padre: “... no te
queda nada más que el queso fresco del sueldo del tribunal,
que te corresponde”.
Hacia.el año 350 a. de. C., Aristóteles nos
informe que se mezcla leche de cabra con leche de oveja, “en
Sicilia o en otros lugares donde, de lo contrario, ésta
es demasiado grasa”. Para el refinado paladar de los
antiguos gourmets romanos, cuenta Marcial, el queso ahumado
solo sabía bien cuando procedía del Valabrum,
el barrio de las exquisiteces en el Aventino: “ahumado
con el humo del Valabrum”. En Plauto, el comediógrafo
romano, puede leerse sobre el rango especial que alcanzaba
el “caseus” en la antigua Roma: en sus obras lo
utiliza a menudo como palabra cariñosa, como “dulciculus
caseus” (dulce quesito) o “meus molIiculus caseus”
(mi tierno quesito). |
En Roma floreció el comercio
de quesos. Llegaban a la capital desde todas las provincias
y regiones italianas, pero también de otras más
lejanas como Nimes o Saboya, incluso de la Dalmacia. De Retia,
la región de la actual Suiza, y de Allgau se “exportaba”
el “caseusalpinus” hacia Roma. |
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Del largo camino del queso y de
la quesería a través de los siglos, desde la
Antiguedad, pasando por la
Edad Media, hasta nuestros días, habría aún
muchas cosas interesantes que contar, pero a buen seguro excedería
del marco asignado a este libro. Por consiguiente, las informaciones
que se incluyen a continuación se limitarán
a aquellas que ayuden a una mejor comprensión del variadísimo
tema del queso en la época actual.
"El gran libro del queso"
Christian Teubner, Dr. Einrich
Mair-Waldburg y Friedrich-Wilhelm Ehlert. Editorial Everest
S. A.
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